
Las eliminaciones de las selecciones masculina y femenina en Santo Domingo 2026 colocan a Marcelo Neveleff y Betzaida Ubri en el centro de las críticas. Ambos deben responder por sus decisiones, pero reducir el problema a cambiar entrenadores sería volver a poner un parche sobre una estructura que tropieza una y otra vez con las mismas piedras.
Concluyó la participación de las selecciones dominicanas de fútbol en los Juegos Centroamericanos y del Caribe Santo Domingo 2026. Terminó antes de las semifinales, sin medallas y con una sensación demasiado conocida: la de haber llegado a una competición importante sin una estructura capaz de sostener las expectativas creadas alrededor de los equipos nacionales.
La selección masculina derrotó 1-0 a Guatemala, empató 1-1 con México y cayó 3-2 frente a Venezuela. Sumó cuatro puntos, marcó cuatro goles y recibió otros cuatro, pero quedó eliminada en la fase de grupos. La femenina perdió 1-0 ante El Salvador y 2-1 frente a Costa Rica antes de cerrar su participación con otra derrota ante Venezuela.
Los resultados están ahí y nadie puede esconderlos. Sin embargo, tampoco se apartaron demasiado de lo que una parte importante de los conocedores del fútbol dominicano había anticipado.
Por eso este análisis no puede quedarse en el marcador.
La eliminación es la consecuencia visible. El problema verdadero está en la planificación, en la concentración de funciones, en la falta de una estructura deportiva claramente definida y en esa costumbre tan dominicana de responder a cada urgencia con una solución provisional.
Lo más fácil sería despedir a los entrenadores
Marcelo Neveleff y Betzaida Ubri son los responsables directos de confeccionar las convocatorias, preparar a los equipos y tomar las decisiones desde el banquillo.
No pueden quedar al margen del balance.
Deben explicar por qué eligieron determinados jugadores, qué objetivos tácticos persiguieron, cómo valoran el rendimiento de sus equipos y por qué las selecciones no alcanzaron las semifinales en una competición disputada en casa.
No sería serio convertirlos en simples víctimas del sistema. Un entrenador selecciona, alinea, corrige, sustituye y dirige. Sus decisiones producen consecuencias.
Pero tampoco sería serio hacerles cargar con todo el peso de una estructura que no diseñaron solos.
Despedir a Neveleff y Ubri permitiría presentar rápidamente dos nombres como responsables del fracaso. La Federación podría anunciar una renovación, contratar otros técnicos y volver a hablar de un nuevo comienzo.
Sería una salida cómoda.
También sería repetir exactamente el mismo error.
Cambiar los entrenadores sin reconstruir el modelo deportivo solo serviría para colocar caras nuevas dentro de una estructura antigua. Dentro de dos años estaríamos probablemente discutiendo lo mismo, pero con otros apellidos.
La Federación Dominicana de Fútbol presentó oficialmente las convocatorias de Marcelo Neveleff y Betzaida Ubri para una competición en la que ambas selecciones quedaron lejos de los objetivos esperados.
Una corbata no construye un traje
En el fútbol dominicano seguimos creyendo que una corbata basta para construir un traje de diseño.
Se contrata un entrenador extranjero, se presenta una convocatoria con futbolistas de la diáspora, se organiza una concentración y se publica una fotografía institucional. Después se unen todos esos elementos y se les llama proyecto.
Pero la corbata es únicamente un complemento.
Un verdadero proyecto de selecciones necesita una estructura deportiva, una metodología común, un sistema de captación, responsables claramente diferenciados, entrenadores especializados por categorías, calendarios de preparación y mecanismos de evaluación.
No basta con disponer de técnicos capacitados. Hay que definir quién dirige el proyecto, quién supervisa a los seleccionadores, quién controla la transición entre categorías y quién responde cuando los objetivos no se cumplen.
En estos momentos, esa pirámide no se percibe con claridad.
¿Quién evalúa al entrenador cuando también es coordinador?
La propia Federación Dominicana de Fútbol ha identificado públicamente a Marcelo Neveleff como seleccionador nacional y coordinador de las selecciones masculinas. También ha presentado a Betzaida Ubri como coordinadora de las selecciones femeninas y entrenadora de la absoluta.
La concentración de funciones no es necesariamente irregular. Puede responder a una decisión económica o a una etapa concreta del desarrollo federativo.
Pero plantea una pregunta fundamental:
¿Quién evalúa al seleccionador cuando el seleccionador es también el coordinador del área?
Si Neveleff dirige al equipo masculino y, al mismo tiempo, coordina las selecciones masculinas, ¿quién analiza de manera independiente su trabajo?
Si Ubri entrena a la absoluta femenina y coordina toda la estructura femenina, ¿quién determina si la metodología, las convocatorias y los resultados se corresponden con el proyecto general?
Una cosa es coordinar y otra entrenar.
El director o coordinador deportivo debe diseñar la estructura, definir los perfiles de los cuerpos técnicos, establecer la metodología y evaluar el cumplimiento de los objetivos. El entrenador debe preparar y dirigir a su equipo dentro de ese marco.
Cuando las funciones se mezclan, las responsabilidades también se difuminan.
Y cuando nadie sabe con precisión quién supervisa a quién, el fracaso termina convertido en una responsabilidad colectiva que, en la práctica, no asume nadie.
Cada categoría debe tener su espacio
Las selecciones inferiores no pueden funcionar como extensiones ocasionales de la absoluta.
Cada categoría necesita un cuerpo técnico propio, una planificación específica y autonomía para desarrollar a sus futbolistas. Esa independencia debe convivir con una metodología común, pero no puede quedar anulada por la intervención permanente de los responsables de las categorías superiores.
El seleccionador absoluto puede conocer y seguir el trabajo de las inferiores. Es lógico y necesario.
Lo que no puede existir es un cambalache en el que los mismos entrenadores aparezcan dirigiendo, coordinando o interviniendo en diferentes niveles según la competición que se acerque.
Eso no construye una pirámide deportiva.
Construye un sistema de emergencia permanente.
La República Dominicana necesita una dirección deportiva masculina y otra femenina —o una dirección general acompañada por responsables claramente diferenciados— que organicen todas las categorías desde la base hasta la absoluta.
Después, cada entrenador debe disponer de su parcela, sus objetivos y su responsabilidad.
Hubo preparación, pero preparar no es planificar
Sería injusto afirmar que la selección masculina llegó a los Juegos sin trabajar.
Fedofútbol anunció módulos desde enero y posteriormente una preparación de cuatro semanas bajo la dirección de Neveleff. La concentración definitiva comenzó durante el mes de julio.
El problema no está únicamente en cuántas sesiones se realizaron.
La pregunta es si todo ese trabajo respondía a un proyecto previamente construido o si se trataba de preparar un equipo concreto para superar una competición inmediata.
Además, la Federación reconoció que los Juegos no coincidían con una fecha FIFA y que algunos clubes no autorizaron la participación de determinados futbolistas. La convocatoria masculina terminó combinando jugadores de la LDF, academias, universidades y clubes extranjeros de distintos niveles.
Esa dificultad debe tenerse en cuenta.
Pero el calendario no apareció de repente. La condición de anfitrión y las fechas de la competición eran conocidas con suficiente anticipación. Una dirección deportiva debe prever las negativas de los clubes, disponer de alternativas y construir un grupo competitivo que no dependa de permisos de última hora.
La improvisación no siempre significa comenzar a entrenar tarde.
También existe improvisación cuando se trabaja durante meses sin haber resuelto previamente los problemas previsibles.
La eliminación también obliga a revisar la planificación presentada para transformar el fútbol dominicano y sus selecciones nacionales, porque los objetivos anunciados deben reflejarse posteriormente en la organización y en los resultados.
No podemos convertir cada convocatoria en un desfile de estrellas
Otro de los errores del fútbol dominicano es presentar como figuras consolidadas a jugadores que todavía están construyendo su carrera.
No se trata de menospreciar a nadie.
Vestir la camiseta nacional tiene un enorme mérito, y muchos futbolistas de la diáspora han realizado sacrificios personales para representar al país. El problema no son ellos. El problema son las expectativas que se fabrican alrededor de sus nombres.
Militar en una academia europea, una universidad estadounidense o una categoría secundaria no convierte automáticamente a un jugador en una estrella internacional.
Puede ser un futbolista con talento y proyección. Puede llegar muy lejos. Pero todavía debe demostrar continuidad, competir regularmente y consolidarse en un nivel profesional exigente.
Cuando desde la Federación, los medios o el entorno de la selección se exagera el potencial de cada convocatoria, después se exige a esos jugadores un rendimiento que no se corresponde con su experiencia real.
Les colocamos galones antes de que hayan desarrollado el fondo de armario necesario para llevarlos.
Y cuando el partido exige personalidad, oficio y capacidad para resolver bajo presión, aparecen las limitaciones que el discurso promocional había ocultado.
La diáspora ayuda, pero no sustituye el desarrollo nacional
La búsqueda de futbolistas dominicanos en el extranjero ha permitido elevar el nivel de las selecciones y ampliar considerablemente el universo de jugadores disponibles.
Ese trabajo debe continuar.
Pero la diáspora no puede convertirse en el sustituto de una estructura nacional débil.
Ningún proyecto serio puede depender permanentemente de encontrar futbolistas formados por clubes, universidades y academias de otros países. La captación exterior debe complementar el trabajo nacional, no reemplazarlo.
República Dominicana necesita producir más jugadores preparados dentro de su propio sistema.
Para conseguirlo debe disponer de competiciones provinciales regulares, torneos femeninos y masculinos durante buena parte del año, entrenadores formados, clubes organizados y una conexión real entre el fútbol base, las asociaciones, la Liga Dominicana de Fútbol y las selecciones.
Sin esa continuidad competitiva, los jugadores pueden entrenar, pero no aprenderán a competir.
La LDF todavía no genera suficiente profundidad
La Liga Dominicana de Fútbol ha permitido profesionalizar parcialmente el campeonato, ofrecer continuidad a numerosos jugadores y crear clubes con presencia internacional.
Negarlo sería injusto.
Pero tampoco puede presentarse como una obra terminada.
La LDF continúa sin producir la cantidad y profundidad de futbolistas que necesitan las selecciones nacionales. Los mismos nombres circulan de un club a otro y cada mercado presenta como gran fichaje al jugador que acaba de salir sin éxito de otro proyecto.
Así se alimenta la sensación de renovación sin que aumente realmente el nivel competitivo.
No basta con cambiar jugadores de camiseta.
Hay que elevar la calidad de los entrenamientos, la preparación física, las instalaciones, las estructuras administrativas, los cuerpos técnicos y la exigencia de la competición.
Una liga profesional no se mide únicamente por tener calendario y campeón. También debe medirse por los jugadores que desarrolla, los entrenadores que produce y el impacto que genera sobre las selecciones.
¿Cómo se construye una pirámide con las asociaciones fracturadas?
En marzo de 2026, Fedofútbol anunció la suspensión de 25 de sus 32 miembros por incumplimientos estatutarios y legales. Posteriormente levantó las sanciones de las asociaciones de Espaillat, La Vega y Bahoruco al considerar que habían avanzado en su regularización.
La Federación tiene derecho y obligación de exigir que sus miembros cumplan los estatutos.
Pero la dimensión del conflicto revela una ruptura institucional profunda.
Cuando la mayoría de las estructuras territoriales llega a estar suspendida, el problema no puede analizarse únicamente como una suma de incumplimientos individuales. También hay que preguntarse qué ha fallado en el acompañamiento, la supervisión y la organización del fútbol provincial.
Las asociaciones deben ser una pieza esencial para detectar jugadores, organizar competiciones y llevar el fútbol a todo el territorio.
Sin asociaciones activas, capacitadas y fiscalizadas, la base de la pirámide desaparece.
Y sin base no existe proyecto de selecciones, por muchos técnicos internacionales, centros de alto rendimiento o convocatorias de la diáspora que se presenten.
Hay que dejar de fabricarnos urgencias
El fútbol dominicano vive atrapado entre dos discursos contradictorios.
Por un lado, se habla de crecimiento, procesos y trabajo a largo plazo.
Por otro, cada competición se presenta como el momento histórico en el que debemos clasificar, conseguir una medalla o demostrar que ya pertenecemos a la élite regional.
Nos imponemos urgencias que nuestra estructura todavía no está preparada para soportar.
Después, cuando el objetivo no se alcanza, buscamos al culpable más cercano.
La República Dominicana no necesita escuchar permanentemente música sobre futuras clasificaciones mundialistas. Necesita conocer qué pasos concretos debe completar antes de aspirar con seriedad a un Mundial.
Primero hay que competir con regularidad en nuestra región.
Después, consolidarse en la Liga A de Concacaf, aumentar el número de jugadores en ligas profesionales exigentes, fortalecer el fútbol femenino y juvenil, mejorar la LDF y garantizar competiciones provinciales estables.
El Mundial debe ser la consecuencia del proceso.
No el eslogan utilizado para sustituirlo.
Reconstruir no significa necesariamente despedir
Este artículo no reclama automáticamente la salida de Marcelo Neveleff ni la de Betzaida Ubri.
Reclama que la Federación decida con claridad cuál debe ser su función.
Si son los seleccionadores absolutos, deben concentrarse en dirigir las absolutas.
Si son los coordinadores generales, deben organizar las categorías y evaluar a los entrenadores.
Y si la Federación considera que pueden ejercer ambas funciones, debe explicar quién supervisará de manera independiente su rendimiento.
Después deberán establecerse objetivos concretos, públicos y medibles para cada selección.
No bastan frases como competir, crecer o representar dignamente al país.
Hay que definir qué posición se espera alcanzar, cuántos partidos internacionales se disputarán, qué jugadores deben promocionar entre categorías, qué metodología se aplicará y cómo se evaluará a cada cuerpo técnico.
Solo entonces podrá determinarse con justicia quién cumplió y quién fracasó.
El verdadero fracaso sería no cambiar nada
Las selecciones dominicanas quedaron fuera de las semifinales en una competición organizada en nuestro propio país.
Deportivamente, el resultado puede calificarse como un fracaso porque no se alcanzó el objetivo esperado ni se aprovechó la condición de anfitrión.
Pero el fracaso más grave no sería perder contra México, Venezuela, Costa Rica o El Salvador.
El verdadero fracaso sería despedir a dos entrenadores, presentar otros dos nombres y mantener intacta la misma estructura.
El fútbol dominicano debe ser valiente.
Debe revisar su organigrama, separar funciones, fortalecer las competiciones, dejar de exagerar el nivel de sus jugadores y construir una metodología que no cambie con cada convocatoria.
No necesitamos otra operación de maquillaje.
Necesitamos reconstruir la casa.
Porque una corbata puede mejorar la apariencia de una persona, pero nunca podrá sustituir el traje.
Y el fútbol dominicano lleva demasiado tiempo intentando salir a competir vestido únicamente con la corbata.
Descubre más desde La Voz Radio RD
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
